IRADIER-STANLEY. CRONICA DEL REENCUENTRO

19 de setiembre de 1998. Pese a la magia del salón principal del Hotel Langham ("The Palm Court") no pierdo la cabeza y elijo un desayuno "continental", en vez del pantagruélico "english breakfast". El Langham (hoy Langham Hilton), situado a medio camino entre Regent's Park y Oxford Circus, era el hotel preferido de Stanley en la capital británica, desde que adquirió fama y empezó a ganar dinero. En él escribió varios de sus libros, incluido el de su encuentro con Livingstone. Stanley llegó incluso a contratar a un empleado del Langham, Frederick Barker, para acompañarle en el mítico viaje del descubrimiento del río Congo. Barker, al igual que otros muchos acompañantes blancos de Stanley, no volvió para contarlo ya que murió de un repentino ataque de fiebre al poco de iniciarse la expedición.

Un taxi cazado frente al Langham por un Frederick Barker contemporáneo me permite atravesar la "City", sorprendentemente soleada y fluida, y llegar a la estación de Waterloo a tiempo de tomar el tren que, en poco más de media hora, me deja en Brookwood, en el condado de Surrey. Esta vez no me dirijo - como la vez anterior, en mayo - a la tumba de Stanley, ni al "pub" donde un lugareño me dio vagas indicaciones sobre los descendientes del explorador, sino, con la ayuda de un mapa, a "Stanley Hill", la colina de Stanley, en las afueras de la aldea de Pirbright, en donde espero encontrar la mansión de "Bula Matari" y, tal vez, a sus descendientes.

Mientras observo, a lo lejos, a unos jóvenes vestidos de un blanco insultante jugando al criquet en una hierba como solo los británicos son capaces de mantener, me vienen a la mente los intentos fallidos, en el siglo XIX, de Manuel Iradier por restablecer el contacto con Stanley, tras el encuentro que ambos mantuvieron en junio de 1873 y que tanto supuso para el vitoriano y para la presencia española en el Golfo de Guinea. La concesión de la Medalla de Oro de "La Exploradora" a Stanley - enviada a Bruselas - apenas sirvió para que el coronel Strauch, brazo derecho del rey de los belgas Leopoldo II y contacto de Stanley mientras éste se encontraba en el Congo, enviara a Vitoria una carta felicitándose de la existencia de la asociación vitoriana.

Un recodo de "Gole Road" me devuelve al presente. Estoy en "Stanley Hill". Subo la cuesta y enseguida me topo con una tapia de ladrillo interrumpida por un viejo portón al que la maleza añade, si cabe, mayor dignidad. En el dintel de madera, extrañamente bien conservado, destacan las iniciales HMS y el año: 1900. No cabe duda de que es "Furzehill", el único domicilio fijo que Stanley tuvo en toda su vida y en el que se refugió cuando ya no le quedaban fuerzas para seguir viajando.

Empeñado en hacer fotos, apenas presto atención a un joven que se dirige hacia mí. Cuando lo tengo a mi lado, no encuentro otro pretexto mejor para dirigirle la palabra que preguntarle por una obviedad: "Is this Furzehill?" "Yes - me responde al instante -, and I am Jonathan Stanley; I imagine you are the Spaniard who is looking for me." Le estrecho la mano y nos cruzamos una nueva sonrisa. Desde aquel famoso "Dr Livingstone supongo" al borde del lago Tanganika, saludar a un Stanley tiene algo de fatalmente irónico. Al que acabo de conocer es al biznieto mayor del explorador, que me dice que tan sólo media hora antes había leído la carta en la que le anunciaba mi visita, y me invita amablemente a entrar en la propiedad.

El dintel del portón no era sino una mínima muestra de los aires de grandeza del explorador. El camino para llegar a la mansión bordea un inmenso lago al que llamó "Stanley Pool", en recuerdo del ancho segmento del Zaire a orillas del cual fundó la actual Kinshasa. El jardín, diseñado por él mismo, acentúa con sus ondulaciones el efecto de profundidad. Vista por fuera, la mansión es una extraña mezcla de fortaleza medieval blasonada - con almena incluida - y palacete de la alta sociedad británica. Por dentro, los espacios son suntuosos y a la vez entrañables: la sala de billar y la biblioteca permanecen intactas. Sobre las paredes destacan los retratos de Stanley llevados a cabo por su esposa Dorothy, y numerosas fotos con dedicatorias, junto con lanzas, máscaras y otros objetos traídos de Africa por el explorador.

En el rincón más soleado de la biblioteca, Jonathan me reconstruye el árbol genealógico de la familia, en el que las adopciones juegan un papel importante, siguiendo así la pauta del explorador. Me indica que Stanley (1841-1904) y Dorothy Tenant (fallecida en 1926) adoptaron a Denzil Morton Stanley (1895-1959), el cual se casó con Helen Liddell (1891-1979). Denzil y Helen adoptaron a su vez a Richard Morton Stanley, nacido en 1934. Fue Richard, nieto único del explorador, el que vendió, en 1982, a Bélgica los "Stanley Papers" y parte de las pertenencias del explorador, tras un laborioso proceso de obtención de la licencia de exportación por tratarse de un patrimonio histórico.

(En noviembre de 1982, un avión de la fuerza aérea belga trasladó a Bélgica los documentos y objetos, que acabarían siendo depositados en el pabellón Stanley del Museo de Africa Central de Tervuren en 1987, un siglo después de que el propio Stanley y el rey Leopoldo II inauguraran el complejo de edificios y parques que hoy constituyen el museo, con ocasión de una exposición colonial organizada para dar a conocer el Estado Independiente del Congo.)

Richard falleció en 1986, y quienes estaban ahora reunidos conmigo eran su viuda, Jane, y sus tres hijos: Jonathan (1969), Henrietta (1972) y William (1975).

Ahora, con la ayuda de un oportuno "gin-tonic", que tocaba a mí explicarles cómo y por qué había llegado a "Furzehill". Les hablé de Manuel Iradier, el "Stanley vasco", de lo que representa su figura en Vitoria y de lo que su estatua en el vitoriano parque de La Florida supuso para mi fértil imaginación infantil, cada vez que, camino del colegio, pasaba delante de ella y miraba fascinado el atuendo de explorador, sobre todo el salacot. Les detallé la estancia de Stnaley en Vitoria y su encuentro con Iradier. Les dije cómo la casualidad (?) me había llevado a vivir en la localidad belga de Tervuren, en donde encontré los datos sobre Stanley que llevaba años buscando, y que, gracias a mis investigaciones, había entrado en contacto con Alvaro Iradier, el biznieto del explorador, y los demás miembros la Asociación Africanista. Les informé sobre las conmmemoraciones del 125 aniversario - el ciclo de conferencias y la exposición - y les comenté el proyecto de traer a un Stanley a la capital alavesa para reproducir, 125 años después el histórico encuentro en la persona de los dos biznietos: Jonathan y Alvaro.

Jonathan, con el ímpetu de sus 29 años, aceptó de inmediato la invitación, aunque pidió que se le consultara la fecha para hacer compatible el viaje con sus acitividades de tratante de ganado. Cuando, por la tarde, me llevó a la estación en su coche - que hacía las veces de oficina, con ordenador portátil y el teléfono móvil -, me habló de su apego a la vida en el campo. Hasta la fecha, ningún descendiente de Stanley ha vivido en la ciudad.

Esperando vernos de nuevo en Tervuren, camino de Vitoria, me despedí de Jonathan, no sin antes arrancar de él la promesa de buscar, junto con Alvaro, en el desván de "Furzehill" la medalla de "La Exploradora".

 

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